miércoles, 27 de abril de 2011

Historia de una pregunta

Si bien es verdad que una respuesta puede apaciguar el insaciable apetito de la curiosidad, no es menos cierto que esta nos hace esclavos de más preguntas, como si de una adicción se tratase; o peor todavía, también cabe la posibilidad de que nos haga tanto daño, que nos arrepintamos de obtenerla.
Por ello, a veces es preferible vivir en la ignorancia…


Alzo la vista hacia las regias protagonistas de esta noche primaveral.
Comencé a caminar hace ya demasiadas sonrisas tristes, con la imperiosa necesidad de dejar mi mente en blanco, ¿qué mejor lugar que la imfravalorada muralla de una ciudad ciega para hacer naufragar mi propósito? Desperdicio mis pasos sobre ella, tan odiada por unos, bendecida por otros, alabada, envidiada, destruida, amada… y finalmente olvidada… me recuerda un poco a mí. Ambas perdimos toda función hace tiempo, más aquí estamos… ¿para qué?
Levanto un poco mi vestido y me encaramo al borde de este viejo montón de piedras, dejando caer mi desafiánte mirada hacia sus cimientos.
Hubiese preferido tener un final más noble, pero mi condición de mujer me aleja irremediablemente de la batalla, de modo que, si ha de ser escrito con barro, que así sea.
- ¡Kalina!- Gritan a mi espalda, rompiendo el silencio, mi determinación, la poca cordura que me restaba y mi alma. Esa voz, salida de las más oscuras profundidades del infierno, en menos de un latido de corazón, contrajo mis pupilas, desencajó mi rostro y llenó mis pulmones de un insoportable hedor a azufre, impidiéndome respirar… Marek…

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Mi padre era un comerciante, natural de Lugo, una pequeña localidad perdida entre las montañas del norte de España. No puedo más que recordarle, además de con infinito cariño, con mucho respeto, pues siempre me habían impresionado sus aventuras por Europa, provocadas por un trabajo que llevaba acorde con su alma de trotamundos. Cuando era niña, cada noche, antes de acostarme, solía relatarme alguna, aunque mi favorita sin lugar a dudas era aquella en la que contaba cómo había conocido a mi madre en Praga, la ciudad que me vio nacer, durante uno de sus muchos viajes en busca del apreciado cristal de Bohemia.
La conoció en uno de los más caprichosos cruces del destino, mas no es su historia la que nos atañe por el momento, la cuestión es que se enamoraron perdidamente, uno de esos sucesos que ya solo existen en la imaginación y en los suspiros de las jovencitas. Tanto fue así, que mi padre nunca volvió a su hogar, y mi madre, hija única y heredera de una de las pocas familias aristócratas que no había sucumbido a la revolución del dieciocho, renunció a su fortuna para desposarse con el amor de su vida, dado que sus progenitores se oponían enérgicamente a dicha unión. Así pues se casaron casi a hurtadillas, y se mudaron a la humilde casita a las afueras de la capital donde, una fatídica noche de Marzo, mi madre dio su vida a cambio de la mía.
Mi querido padre me hablaba constantemente de ella, en lo que ahora me pregunto, sino sería un intento de no olvidar.
Él la describía como la criatura más maravillosa de la Tierra, dulce, sincera, valiente, risueña y, según relataba, era tal su belleza, que los ángeles al verla, la consideraron tan divina, que los mortales no teníamos derecho ni capacidad para apreciarla, así pues, decidieron llevarla consigo.
“Y tú, mi querida Kalina,” solía decirme “eres tan increíblemente exacta a ella, tanto por dentro como en tu rostro, que al mirarte ya no puedo sentir pesar alguno.”
A la muerte de mi madre, mi abuelos, desesperados y torturados por su necedad al haber desterrado así a su hija, vieron en mí su oportunidad de redimirse, y a la edad de ocho años me trasladé a su palacete, donde se hicieron cargo de mi educación, y dejando así a mi padre libertad para entregarse a su afán de viajero, que junto conmigo, era lo único que le quedaba.
A pesar de todo, nunca pasaba más de un mes seguido sin verle, ya que sus suegros parecían haber comprendido al fin, y a través de mis relatos, cuan feliz había hecho a mi madre, y tras la muerte de estos, se instaló definitivamente a mi lado.
Además de una fortuna que me construía un futuro absolutamente desahogado, también fui heredera del título familiar a mis escasas diecinueve primaveras, por lo que mi inclusión en las altas esferas había sido casi obligatoria desde mi niñez, algo que no me desagradaba del todo. De hecho, recuerdo la vanidad que me caracterizaba con la llegada de la pubertad, cuando los bailes y los vestidos era todo mi mundo, gracias al cielo, en un par de años me di cuenta de mis defectos, y muy a pesar de mis abuelos, me fui desinteresando progresivamente de ese mundo, y fue en esta etapa de mi vida, cuando conocí a Marek.
Recuerdo muy bien la primera vez que me asomé a aquellos ojos claros, que me invitaban a perderme entre esmeraldas e hierba fresca, aunque no fue así como los comparé la primera vez, algo más parecido a “putrefactas aguas estancadas” fue lo que emplee para referirme a ellos cuando lo conocí.
Para mí él era otro muchacho malcriado como tantos que había conocido hasta la fecha, vanidoso, arrogante, orgulloso, grosero, falto de carisma, ingenio o intelecto a cualquier nivel discernible, en resumen, una amistad perfectamente prescindible. Pero la profunda amistad que unía a nuestras familias hizo que nos encontráramos más de lo que hubiésemos deseado. Hasta que, en lo que me pareció una magnífica idea por parte de sus padres, fue enviado a terminar sus estudios a Inglaterra, para mí todo era dicha y alegría, pero todo cambió una tarde de otoño tres años más tarde:
Yo había salido a pasear con un grupo de buenas amigas aquella tarde, y al comenzar a oscurecer, todas subieron a sus carruajes de regreso a casa. Un hermosísimo atardecer inundaba la ciudad, que para mí siempre será, la más bella del mundo, así que, desobedeciendo a mis mayores, decidí rehusar mi carruaje y volver andando a casa. Por supuesto, a mis dieciocho años, era plenamente consciente del efecto que causaba en los hombres, pero, ingenua de mí, jamás pensé que podría llegar a traerme problemas.
De ese modo, treinta minutos más tarde la noche había caído sobre la ciudad, y yo me veía acorralada por tres rufianes en un callejón sin salida, cerré los ojos con fuerza en cuanto comenzaron a acercarse, y justo cuando mis pulmones estaban listos para proferir una llamada de auxilio, me interrumpieron las voces de los tres hombres que, tras forcejear, habían caído inconscientes al suelo.
Levanté la vista, aun aterrorizada, con el grito en los labios y el corazón fuera del pecho… allí estaba él, atenazándome con una mirada de ira como nunca la había visto, se acercó a mí a grandes zancadas y me arrastró lejos del lugar.
Una vez a salvo, se paró en seco, me cogió por los hombros y me zarandeo, colérico. “¡¿Se puede saber en qué pensabas?!¡Dime!” me repetía una y otra vez, tras unos instantes comenzó calmarse y me miró fijamente. Sus ojos parecían de hielo al principio, pero, poco a poco, se fue derritiendo, dejando ver algo tan cálido y tan puro, que no se me ocurría cómo podía haber llegado a ver algo malo en él.
Me estrechó entre sus brazos con fuerza. “Me has dado un susto de muerte” susurró con más calidez “No se… no sé qué habría hecho si te llega a suceder algo, me habría vuelto loco” me confesó. ¿Era posible, que tras tres años sin verle, hubiese cambiado tanto? ¿Y porque no? ¿Acaso mi transformación no había sido igualmente repentina?
No se precisarlo con exactitud, pero creo poder asegurar, que fue en ese momento cuando comencé a enamorarme de él.
A pesar de todo, después del accidente, nuestra relación fue exasperantemente lenta y gradual, al principio apenas intercambiábamos charlas sin llegar a emplear los nombres de pila, y más tarde, llegó a ser mi mejor amigo. Pero en el fondo, siempre nos habíamos amado, a nuestra manera claro, pero desde el primer instante.
Cumplidos ya mis diecinueve años, yo vivía para su sonrisa y sus deslumbrantes ojos. Estaba segura que la calidez que me embargaba en su presencia era la única energía que necesitaba para vivir, de hecho, aun lo creo.
Pero a pesar de toda mi dicha, nubes grises de tormenta se acercaban para todos.
Padre calló gravemente enfermo de una gripe que había contraído en uno de sus viajes, y poco antes de morir, viendo lo que se avecinaba, me hizo prometer que en cuanto las cosas se pusieran difíciles, cogiera todo el dinero que tuviera a mano y partiese hacia Lugo, donde él estaba seguro de que su gran muralla me protegería de todo mal.
Y así lo hice, el día antes de mi cumpleaños, un catorce de Marzo de 1938, Marek y yo nos disponíamos a coger el tren rumbo a la salvación.
“Ve entrando tú, voy a hablar un momento con el supervisor.” me había dicho con una sonrisa. Echaría de menos Praga, pero mientras pudiera estar con él, sería feliz, pensaba mientras esperaba a que entrase por la puerta… pero nunca volvió.
Intenté bajar del tren al percatarme de que comenzaba a moverse, pero el supervisor me lo impidió.
Le vi alejarse poco a poco, desesperada, a través de la ventana. Si se quedaba moriría, ambos lo sabíamos.
Jamás pensé que podría llorar ni gritar así, jamás imaginé que el pecho podría dolerme tanto, pero él parecía sereno mientras me enviaba un solemne beso a través de la distancia que nos separaba, rodeado de vapor, como el ángel que era.
Más tarde, el mismo supervisor al que odiaré toda mi vida me entregó la carta en la que mi amado me suplicaba perdón, y se disculpaba alegando que necesitaba ponerme a salvo antes de alistarse para defender nuestra ciudad, ya que de otra manera, no hubiese aceptado irme. La quemé.
Llegué a Lugo con los veinte cumplidos y mi mundo destrozado para siempre, solo el abrigo de mi fiel amiga de piedra y un par de curiosidades más consiguieron mantenerme viva estos catorce años. Nunca volví a tener noticias de Marek, ninguna de mis cartas fueron contestadas, hasta hoy, de nuevo el día de mi cumpleaños, el día en que he decidido poner fin a mi dolor.

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Me giro lentamente, todavía incrédula. Antes de que pueda parpadear, me encuentro lejos del borde desde el que planeaba poner fin a todo, y en su lugar, me encuentro entre sus brazos. Me dice algo que mi cerebro no es capaz de asimilar, todavía sigo en estado de shock, y algo en mí aflora, como un volcán a punto de estallar, y saco a la luz todos los ponzoñosos sentimientos que tanto tiempo llevan corroyéndome por dentro.
Me alejo de él de un empujón y con todas las fuerzas que me quedan le abofeteo.
Al principio parece sorprendido, pero antes de que pueda asimilarlo e indignarse le interrumpo.
-Catorce años… ¡¡CATORCE AÑOS!!- Grito, fuera de mí, sin darme cuenta de que he comenzado a llorar, algo que no hago desde aquellos dos días de viaje en tren.- ¡Ni una carta! ¡NADA! Creí… creí…- no puedo continuar, se me quiebra la voz. Oigo sus pasos, se acerca de nuevo - ¡¡NO ME TOQUES!!
Pero no detiene su avance, me rodea con sus brazos y me sujeta con fuerza. Me retuerzo, le araño, tratando de herirle por todos los medios, en un intento por hacerle tanto daño como él me hizo a mí, seguramente sea una postura infantil y algo trastocada, pero no me importa. Y sigo llorando, pasan los segundos, los minutos, las horas, y al fin amanece…
Ya no me queda nada que purgar de mi corazón maltrecho, y ahora sí, lo miro, y me pierdo en sus ojos, como tantas otras veces, de ese hermoso color verde tan cálido… por fin en casa.
Sólo queda una cosa por decir, y mis labios formulan la pregunta antes de que mi cerebro lo haya ordenado siquiera.
-Dime, ¿Qué ha ocurrido?- susurro.






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