martes, 28 de diciembre de 2010

Siento no habértelo dicho más veces

"¿Donde habré dejado el abrigo?" pensó mientras se dirigía a la puerta, pero algo le hizo detenerse, miró con melancolía aquella ventana, ya no quedaban lágrimas que derramar, pero el fantasma de su ausencia le oprimía el pecho. Se acercó y miró una vez más a través de sus cristales, el paisaje no había cambiado demasiado en todos aquellos años. Una sonrisa triste se dibujó en su cansado rostro al recordarse a si misma, tan joven, encaramada a aquella misma ventana, esperando verle pasar de camino a casa, y casi pareció percibir su dorado cabello, sus ojos claros y su esbelta figura subiendo aquella cuesta, suspiró, no como lo hacía en el pasado, pero con ese matiz de joven soñadora y enamorada que no se quiso despegar de su alma, porque ella amó como ninguna persona lo había hecho antes. Se despidió silenciosamente de su habitación al salir, que llevaba siendo suya casi toda su vida, sabía que no iba a volver. Bajó las escaleras con precaución, sus piernas habían dejado de ser ágiles hace mucho, al pie de estas la esperaba la segunda de sus cuatro hijos, que le ofreció un brazo para caminar hasta la entrada. "¡Niños!¡Venid a despediros de la abuela!" dijo esta. Sus nietos acudieron a la llamada dejando a un lado (algunos a regañadientes) los videojuegos, ella no le encontraba utilidad a esos trastos, solo ablandaban el seso y estropeaban la vista. Los primeros en despedirse, los únicos varones, le dieron un beso rápido para volver a sus entretenimientos, ajenos a todo lo demás, miró a su nieta mayor y lamentó no haberse llevado mejor con ella, pero en el fondo sabía que ella le quería, y por último, su segunda nieta, sintió que le miraba de una manera extraña, como si supiera que esta era la despedida final, y así era, la niña tenía demasiadas cosas que decirle a su abuela, y optó por lo más esencial antes de que se le quebrase la voz "Adiós abuela, te quiero" le susurró mientras le besaba la mejilla y le abrazaba, Marta se preguntó porqué nunca abrazaba a su abuela, lo había pensado muchas veces, y ahora los abrazos que nunca se podrían dar le pesaban como piedras en el corazón, "Adiós, Miñarosiña" dijo con una sonrisa y su voz cantarina al pronunciar el mote que le había puesto a su nieta años atrás. Sus silenciosas miradas se entrelazaron una vez más, antes de que el hilo se rompiera para siempre. Se quedó unos segundos mirando la fachada de su hogar antes de montar en el coche, donde había nacido, reído, soñado, amado, donde había visto crecer a sus hijos, donde vio partir a su ángel. Se sentó en el asiento del copiloto, con destino a un hospital, sin billete de vuelta.

A mi pesar, no sé mucho de su historia, fue una joven que se crió en un pueblo de mar, enamorada de un muchacho que no agradaba a su familia, un rompecorazones, con quien se casó muy tarde, después de tempestuosos percances, y con quien fue feliz, muy muy feliz, durante dieciséis hermosos años, hasta que el destino los volvió a separar una tarde gris, a veces deseo pensar que se han vuelto a reunir en alguna parte. Lo que si sé, es que tuve el privilegio de conocer a aquella mujer, de carácter fuerte, indómito, caparazón de acero y corazón de miel. Y estoy segura que no alcanzas a imaginar lo que te hecho de menos, lo confieso, sigo abriendo ese armario, en el segundo cajón, allí sigue esa caja rosa, con tu perfume favorito y cartas que no tienen ningún sentido para mí, un par de fotos, pareces muy feliz en todas, sigo encendiendo una vela todas las noches que me es posible, en tu ventana, sigo lamentando todas las veces que no te abracé y todas las palabras que no se dijeron, hecho de menos tus manías, que más de una vez me hicieron reír, incluso que me riñas, pero supongo que es normal, porque te quiero.

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