jueves, 30 de diciembre de 2010

Día 184

Perdí las ganas de jugar con palabras sin dueño, porque duele, porque todas me llevan a ti, igual que duele saber que no estarás, que no cogerás mi mano.
Serán los efectos secundarios de esta locura, pero sigue pareciendo emocionante.
 Al otro lado de la lluvia, los sueños siguen sin cumplirse, y los copos de nieve solo incitan a fantasear con futuras decepciones.
 Dibujo tu sonrisa con los labios, imagino tu voz, lo que sea para sentirte cerca, que fácil es mentir a veces, que difícil mantener el engaño. Las distracciones, se vuelven golpes, que crean nuevas grietas, y con asombro descubro de que aun había sitio para más.
 Me sorprendo respondiendo a preguntas nunca formuladas, en susurros, la respuesta siempre es no. Y las estrellas han vuelto a romper su pacto, alguien debería ponerles una denuncia, o eso pienso a veces, cuando la oscuridad empieza a arder.
Ahora estoy segura, me consumes, pero corazón, si yo caigo tu también lo harás, tenlo en cuenta, así pues ¿Porqué no firmas? No, mejor no contestes, lo sé.
Ya solo me quedan las sonrisas que desperdicio al caminar por la calle, los escondites secretos, la música de aquel bar y las palabras, escritas en una de esas tardes grises, que huelen a café, lluvia y tinta.

Mañana estaré mejor. Eres tu.

martes, 28 de diciembre de 2010

Siento no habértelo dicho más veces

"¿Donde habré dejado el abrigo?" pensó mientras se dirigía a la puerta, pero algo le hizo detenerse, miró con melancolía aquella ventana, ya no quedaban lágrimas que derramar, pero el fantasma de su ausencia le oprimía el pecho. Se acercó y miró una vez más a través de sus cristales, el paisaje no había cambiado demasiado en todos aquellos años. Una sonrisa triste se dibujó en su cansado rostro al recordarse a si misma, tan joven, encaramada a aquella misma ventana, esperando verle pasar de camino a casa, y casi pareció percibir su dorado cabello, sus ojos claros y su esbelta figura subiendo aquella cuesta, suspiró, no como lo hacía en el pasado, pero con ese matiz de joven soñadora y enamorada que no se quiso despegar de su alma, porque ella amó como ninguna persona lo había hecho antes. Se despidió silenciosamente de su habitación al salir, que llevaba siendo suya casi toda su vida, sabía que no iba a volver. Bajó las escaleras con precaución, sus piernas habían dejado de ser ágiles hace mucho, al pie de estas la esperaba la segunda de sus cuatro hijos, que le ofreció un brazo para caminar hasta la entrada. "¡Niños!¡Venid a despediros de la abuela!" dijo esta. Sus nietos acudieron a la llamada dejando a un lado (algunos a regañadientes) los videojuegos, ella no le encontraba utilidad a esos trastos, solo ablandaban el seso y estropeaban la vista. Los primeros en despedirse, los únicos varones, le dieron un beso rápido para volver a sus entretenimientos, ajenos a todo lo demás, miró a su nieta mayor y lamentó no haberse llevado mejor con ella, pero en el fondo sabía que ella le quería, y por último, su segunda nieta, sintió que le miraba de una manera extraña, como si supiera que esta era la despedida final, y así era, la niña tenía demasiadas cosas que decirle a su abuela, y optó por lo más esencial antes de que se le quebrase la voz "Adiós abuela, te quiero" le susurró mientras le besaba la mejilla y le abrazaba, Marta se preguntó porqué nunca abrazaba a su abuela, lo había pensado muchas veces, y ahora los abrazos que nunca se podrían dar le pesaban como piedras en el corazón, "Adiós, Miñarosiña" dijo con una sonrisa y su voz cantarina al pronunciar el mote que le había puesto a su nieta años atrás. Sus silenciosas miradas se entrelazaron una vez más, antes de que el hilo se rompiera para siempre. Se quedó unos segundos mirando la fachada de su hogar antes de montar en el coche, donde había nacido, reído, soñado, amado, donde había visto crecer a sus hijos, donde vio partir a su ángel. Se sentó en el asiento del copiloto, con destino a un hospital, sin billete de vuelta.

A mi pesar, no sé mucho de su historia, fue una joven que se crió en un pueblo de mar, enamorada de un muchacho que no agradaba a su familia, un rompecorazones, con quien se casó muy tarde, después de tempestuosos percances, y con quien fue feliz, muy muy feliz, durante dieciséis hermosos años, hasta que el destino los volvió a separar una tarde gris, a veces deseo pensar que se han vuelto a reunir en alguna parte. Lo que si sé, es que tuve el privilegio de conocer a aquella mujer, de carácter fuerte, indómito, caparazón de acero y corazón de miel. Y estoy segura que no alcanzas a imaginar lo que te hecho de menos, lo confieso, sigo abriendo ese armario, en el segundo cajón, allí sigue esa caja rosa, con tu perfume favorito y cartas que no tienen ningún sentido para mí, un par de fotos, pareces muy feliz en todas, sigo encendiendo una vela todas las noches que me es posible, en tu ventana, sigo lamentando todas las veces que no te abracé y todas las palabras que no se dijeron, hecho de menos tus manías, que más de una vez me hicieron reír, incluso que me riñas, pero supongo que es normal, porque te quiero.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Evelyn

Se llamaba Evelyn Jones. Llegó al mundo una fría noche de otoño, casi tan fría como la relación que tuvo con su madre, que duró exactamente 8 meses, 29 días, y 6 horas. Pero no importaba que mamá no estuviera, papá traía regalos siempre que se veían, la navidad era una época bonita... Su abuela la crió en una modesta casa de campo, allí Evelyn fue feliz, mientras aprendía todo lo que aquella mujer tenía que enseñarle sobre la vida, y un par de cosas más. Pero la abuela también se fue, y en la iglesia Evelyn irrumpió con un par de notas clavadas en su guitarra y en su voz de ruiseñor herido, sin duda, así lo hubiese querido ella... De modo que con 14 años y espinas en la nuca, Evelyn se fue a vivir a la gran ciudad, con su padre y las amigas de este, que insistían en regalarle maquillaje y baratijas, y se quejaban de que la niña estuviera siempre tocando con el corazón. Así que Evelyn dejó de tocar, y buscó algo más silencioso con lo que ausentarse del mundo, el dibujo y la fotografía sirvieron bien. Pasaron los años y las amistades, los exámenes, y los recuerdos de quien fue una vez, Evelyn se hizo mayor, estudió una carrera que no le gustaba y se encerró en una jaula gris. A papá lo mató su mejor amiga cuando se enteró de la existencia de las demás, y lo único que su padre pudo hacer por ella en toda su vida pasó a su cuenta corriente. Mamá consiguió ponerse en contacto con ella, las cartas con remite en Canadá decían que la quería conocer. Las reenvió todas. Se casó años después con un sin nombre ni vergüenza ni moral, que demostraba su amor esparciendo flores violáceas por su cuerpo. Cuando le llegó la noticia de su defunción en una pelea callejera, simplemente colgó el teléfono, sin mediar palabra, como llevaba casi toda su vida, y se sentó en el sofá para mirar al infinito. En el trabajo nadie se dio cuenta de su ausencia, siempre había sido un fantasma después de todo. La invitaron a vivir bajo un manto de estrellas y lluvia después de unos meses, lo cierto es que le daba igual... No quedaba ya alma ni corazón que el frío de las calles pudiese rasgar. Un día en una calle extraña, se tropezó con una tienda de música, y no pudo despegar la mirada del escaparate en toda la mañana. Nunca había gastado un solo céntimo de la herencia de su padre, que no era precisamente escasa, puesto que le asqueaba la idea, de modo que decidió tomarlo como préstamo y devolverlo en cuanto le fuera posible. No sabía de que marca era aquella guitarra, ni mucho menos que modelo, simplemente pagó lo que pedían, pero por la amplia sonrisa del dependiente debía de ser de las más caras. Fue tan simple, tan natural sentir las notas bajo sus dedos, que no le pareció que hubieran pasado 13 años desde la última vez que había hecho vibrar su alma de aquel modo. Así, Evelyn decidió que era hora de cambiar.
Evelyn Jones no  murió en su inmensamente hermosa casa de campo, ni con una carrera musical a sus espaldas o infinidad de exposiciones de arte, tampoco en brazos del amor de su vida ni colmada del cariño que sus hijos, sino en las frías calles de una jungla de hierro y vacío... Pero lo que nadie puede poner en duda, es que dejó de ser un fantasma gris para convertirse en lo que era, la más hermosa y resplandeciente de las estrellas, que decidió marcharse porque no podía pedirle nada más ni mejor a la vida; Evelyn Jones murió abrazada a su fiel amiga, con su voz de ruiseñor flotando en el aire, y una sonrisa en los labios.

martes, 14 de diciembre de 2010

Cuando menos lo piensas, sale el sol, o eso dicen

Ya ha caído la noche, decidimos mantenernos en silencio y caminar, mientras nuestros alientos se transforman en nubes. El diminuto y hermoso pueblecito es devorado por la oscuridad y el silencio de sus calles.
En todas las pintorescas casas de madera, recién salidas de algún cuento, rebosa la dorada luz de una noche de fiesta, de felicidad, una noche para amar, una noche mágica. Pero todo ello se me antoja lejano ahora,como un sueño...
Estremeciéndose, mete las manos en los bolsillos de su abrigo, y, como un acto reflejo, me agarro a su brazo para estar más cerca de él. Los inmaculados copos de nieve revolotean a nuestro alrededor con elegancia, es realmente hermoso, pero no lo suficiente para que aparte la mirada de su imperturbable rostro.
El tiempo parece ralentizarse más y más, al igual que nuestros pasos, hasta que se para en seco y hace que nuestras miradas se encuentren en un brusco giro de cabeza. Intento leerle el pensamiento mientras le sostengo la mirada, grabando a fuego en mi memoria cada uno de los matices de sus ojos...
Una mano helada se alza hasta alcanzar mi rostro.
- ¿En que piensas?- Pregunta con dulzura. Me pilla desprevenida, ¿que debo contestar? ¿Descubrirme o esconderme? Su penetrante mirada me acusa de tardar demasiado en contestar, ¿ganar lo imposible o perderlo todo?, solo un puñado de palabras, no puede ser tan difícil, mi corazón y mis pulmones se quedan mudos, ya no se que sentir, allá voy:
-En...
Abro los ojos de golpe en mi oscura habitación, transformo la respiración entrecortada en un suspiro, y aguardo la muerte entre las mantas, no puedo.