jueves, 14 de octubre de 2010

Otra puesta de Sol.

Un aroma a sal roza mi alma dormida, abro los ojos, el mar, debí imaginarlo... Vuelvo a cerrarlos para oír su acompasado sonido, como los latidos de un embravecido corazón, el pulso de todo un mundo rebosante de vida... Las lágrimas acuden obedientes a la última llamada que oirán de un corazón roto, un simple hábito supongo, debería estar feliz, ahora, en este sitio, a punto de tomar el camino fácil por una vez en mi vida. Lentamente, se graba en mi cerebro la imagen de mi adiós: retazos color turquesa se consumen en un cielo teñido del particular naranja que indica el final de un día caluroso, entre las pequeñas y finas nubes, del color del algodón de azúcar, se cuelan miles de rayos dorados que compiten por ver quien llega más lejos. El Sol, ahora un iridiscente disco en equilibrio sobre el mar, llena el cielo con su fulgor, como una gran gota de lava volcánica, haciendo resplandecer las aguas como si toda su superficie estuviese recubierta de espejos y purpurina.
La suave brisa revuelve mis cabellos y me devuelve a la realidad, sea lo que sea lo que me espera al otro lado, siempre será mejor... Así que me adentro en las resplandecientes aguas hasta alcanzar la cadera de mi cuerpo cubierto de seda, un movimiento certero, una sensación angustiosa, y las aguas se tornan rubíes. Oigo a alguien gritar mi nombre, e incluso ahora, reconozco su voz, mi cuerpo roto se deja llevar por la brisa, cuando unos fuertes brazos me toman y me estrechan, el contacto con su piel es cálido y reconfortante, pero ya es tarde, no hay vuelta atrás, me negué a vivir sin él y ahora soy yo la que nos ha separado, ¿pero porque? se suponía que él ya no debía existir, por consiguiente, yo tampoco, entonces, ¿porque noto como se me escapa la vida, mientras veo claramente la luz en sus ojos verdes? Mi último aliento se escapa, pero sé bien las cuatro palabras que mis labios han murmurado, y como si de un conjuro se tratara, aparezco allí, en uno de tantos atardeceres que pasé a su lado, en aquellos tiempos felices antes de que empezara la guerra, cuando era su voz, acompañada de un suspiro, la que murmuraba estas palabras, en el preciso instante en el que el sol se ocultaba en el horizonte, en la misma playa donde morí.

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